ARGUMENTO
El dispositivo que hemos puesto en práctica para acoger a los pacientes de origen extranjero está fundado en la participación de un intérprete. ¿Cómo funciona este trío que forman el psiquiatra occidental, el intérprete y el paciente? La función del intérprete no se reduce a la “traducción” como instrumento. Es igualmente improbable que podamos describirla de manera satisfactoria como una “mediación”, intercultural por añadidura. Trataremos de precisar los límites y las ambigüedades de semejantes posiciones, cuando las enfrentemos con los dos datos siguientes: la dimensión imposible de la traducción en este contexto y la dificultad de identificar lo que constituiría en sentido propio “el obstáculo intercultural”. Trataremos de mostrar en qué medida los desafíos y los efectos del dispositivo de a tres son variables en función del estilo y de la posición ocupada por el intérprete (en particular cuando es asimismo un psicoterapeuta), y según el modo de involucramiento de los idiomas por el paciente y el interés que toma por el acto de traducción y por el idioma del país de acogida.
Nos limitaremos a las dificultades y a los efectos de la traducción y dejaremos para más tarde el examen de los movimientos transferenciales complejos que no dejan de surgir en este contexto, así como la cuestión de la posición subjetiva del intérprete, preso dentro de esta transferencia particular.
¿ES POSIBLE LA PSICOTERAPIA DE A TRES?
Con la distancia y la experiencia clínica de la que disponemos, es posible desde ahora identificar y analizar los efectos producidos por el dispositivo que hemos puesto en práctica. Efectos positivos pero también dificultades particulares y límites que trataremos de destacar.
I/ PRINCIPIOS DE LA SITUACIÓN DE A TRES
Recordemos los principios que nos han incitado a optar por la situación de a tres.
1) Permitir a los pacientes que se expresen en su lengua de origen.
2) Poner en escena y en acción un espacio “intercultural” (y no sólo bilingüe).
¿Cuáles son los efectos de estos dos factores?
El beneficio de la lengua materna es evidente para todos los pacientes que no dominan el francés o sólo muy poco. Sin embargo, dos tipos de objeción no dejan de aparecer a este respecto. ¿Por qué imponer una tercera persona -el terapeuta occidental-, si hay un psicoterapeuta que habla el idioma del paciente y podría hacerse cargo de él sin nadie más? Y según el argumento inverso, para que “la escucha” sea eficaz ¿acaso es realmente necesario que el terapeuta hable el mismo idioma que el paciente? Cabe notar de entrada que estas preguntas, transpuestas al registro del psicoanálisis, aún no han recibido respuestas muy elaboradas. De ahí la utilidad de volver a este tema.
Éste es el dispositivo básico, pero las cosas son más complejas en realidad. En la práctica, un gran número de pacientes de origen extranjero son seguidos por un solo psicoterapeuta que habla o no la lengua materna del paciente. Entonces se produce una selección empírica, es decir por motivos que a veces se le escapan a uno. Tratemos de identificarlos. Primero está el nivel de dominio del francés que a veces impone la presencia del intérprete. A la inversa, un buen dominio del francés y un nivel de educación elevado a menudo nos incitan a preferir de entrada una psicoterapia clásica. Algunos pacientes piden ellos mismos que se les quite de en medio la tercera persona. Así, unos pacientes turcos han rechazado la presencia del terapeuta occidental, mientras que algunas mujeres magrebíes suelen preferir quedarse a solas con él. En otros casos, vacilamos, porque nos es difícil evaluar si las ventajas de la situación de a tres son superiores a los inconvenientes. A mi parecer, el criterio principal es el grado de firmeza del discurso. Apostamos que la situación de a tres va a permitir quebrantar un discurso paralizado y estereotipado. Un discurso flexible, diversificado, abierto al interlocutor, sin connotaciones reivindicadoras, nos incita a preferir de entrada un diálogo a solas. Otro criterio, mucho más imperceptible, se funda en la apreciación de la transferencia. Algunas veces hemos tenido la sensación de que un paciente “transfería más” a uno que a otro, y en tal caso elegimos las sesiones a solas, sin grandes resultados terapéuticos. Y es que la interpretación de la transferencia en situación de a tres no resulta nada fácil, ya que las declaraciones y actitudes del paciente están siempre dirigidas a dos personas, aun cuando su atención se focaliza en apariencia en un solo interlocutor. Quizás sería más correcto decir que el momento de la transferencia es algo parecido a un “intervalo” (Estos aspectos serán tratados en una exposición ulterior).
Pero volvamos a los dos argumentos que podríamos oponer a la situación de a tres.
1) Si tomamos el ejemplo de los pacientes magrebíes (que son todos más o menos bilingües), la mayoría de los autores han observado que el beneficio obtenido con una psicoterapia en lengua árabe era nulo. Al menos cuando semejantes psicoterapias están practicadas en un país extranjero, en Francia por ejemplo (queda aún por estudiar el beneficio o la eventual dificultad de una psicoterapia en lengua árabe en un país arabófono). Abdessalem Yahyaoui (1987) observa la aparición de “proyecciones masivas”, de llamadas a la familiaridad y a la solidariedad del “hermano” de la misma cultura, que defenderá y vengará los perjuicios cometidos por los demás, los extranjeros. Mohand Chabane (1989), psicoanalista arabófono, expone el caso de rechazo del empleo de la lengua materna por algunos pacientes. Pero la dificultad proviene tanto del terapeuta que no resiste forzosamente a la seducción del reencuentro, a la ilusión que un “lugar común” existe entre su paciente y él. Toda la relación que el terapeuta mantiene con su propia lengua materna, y por consiguiente su cultura, también está puesta en juego. Michel Larivière examinará los efectos que induce esta situación particular de practicar un análisis en lengua materna en un país extranjero, tanto para el analista como para el analizante.
Podemos concluir de manera provisional que el recurso o la vuelta a la lengua materna no resuelve nada, al menos para la mayoría de los pacientes inmigrantes con los que estamos en relación. Es la primera ilusión que hay que disipar en cuanto a lo que algunos llaman la relación “endocultural”. De ahí un primer argumento para la situación de a tres.
2) Pero si la lengua materna no es primordial, entonces ¿por qué un intérprete? Algunos psiquiatras prefieren remitir a la “relación”, término mítico que, cuando se emplea en nuestro campo, sobreentiende generalmente una devaluación del valor de la palabra en beneficio de nociones vagas como la empatía, la comunicación no verbal, la “transferencia” considerada como un afecto, una energía que en cierto modo no necesita decirse. Como todos lo saben, el amor se lee en los ojos del otro y los flechazos no necesitan largas declaraciones... Al contrario, del lado de los psicoanalistas que desprecian el afecto, es el significante el que está mitificado. La lengua extranjera, aunque sea incomprensible para el analista, lleva consigo significantes cuyo sentido no importa realmente, pero sí su arreglo, su combinación. En última instancia, la teoría lacaniana permite tener presente un análisis totalmente desprovisto del sentido y que se refiere sólo a los significantes. Hasta podríamos decir que esto es lo ideal. Por suerte, este límite sólo se defiende en forma de ocurrencia (que pondría en contacto un analista y un analizante que no comprenderían nada de nada a la lengua del otro). Jean-Marie Heinrich se encargará de desarrollar esta problemática del psicoanálisis en su relación con las lenguas.
Recordemos lo siguiente: argumentos contradictorios son dados para justificar una situación en la que las posibilidades de expresión verbal del paciente están limitadas por factores externos.
A partir de ahí cabe precisar nuestra posición. Se trata de darle o restituirle al paciente un uso de la palabra quizás devaluado por su situación de inmigrante. De darle la oportunidad de entender en qué medida el bilingüismo puede ser un enriquecimiento y no sólo un aplastamiento de la lengua de origen por la lengua segundaria. Por otra parte, nos situamos en el registro de la psicoterapia, es decir en el campo del sentido, del sentido que hay que dar, que construir alrededor de fenómenos y de sufrimientos que no lo son cuando el paciente nos habla. Con todo rigor, el registro del significante, que caracteriza al análisis, sólo podría ser tratado en segundo lugar.
Por último, queremos evitar que al paciente que viene a un hospital francés para una consulta, lleno de las esperanzas puestas en la medicina occidental, se le haga volver sistemáticamente a sus orígenes a través de la atribución de un psiquiatra del mismo origen. Veremos más adelante que es necesario tener en cuenta la carga imaginaria que está ligada a la medicina occidental.
II/ EL EVENTUAL OBSTÁCULO INTERCULTURAL Y EL PROBLEMA DE LA INTERPRETACIÓN CULTURAL
Vemos, pues, que el obstáculo que hemos tratado de superar no radica sólo en la barrera de la lengua. ¿Entonces el otro aspecto sería de orden “cultural”? Este seminario tiene como objeto tratar de precisar lo que del orden cultural o intercultural constituiría un obstáculo a la psicoterapia. Dejaremos la pregunta en suspenso. Contentémonos de precisar algunos puntos relacionados con “la interpretación cultural”. Si la diferencia cultural obstaculiza (lo cual queda por ser demostrado), ¿qué se puede esperar del intérprete a este nivel? Ondongo, “etno-psicólogo clínico”, defiende la especificidad de esta función y un estatuto particular para el “intérprete cultural” (Ondongo, 1987). Propone la definición siguiente: “Una persona cuyo trabajo -o cuya función- consiste en resolver no sólo las mediaciones lingüísticas (la traducción), sino más bien las mediaciones culturales (que permiten la comprensión de la dimensión escondida en la comunicación) entre los autóctonos o sus instituciones y los inmigrantes.”
No se trata de negar la utilidad e incluso el carácter indispensable de dichos mediadores en una multitud de situaciones sociales, administrativas, escolares, e incluso médicas, en las que conflictos y actitudes negativas están generados por una falta de conocimiento de los usos de la cultura del otro. A mi parecer es también útil conocer algunos aspectos de la cultura del paciente para al menos evitar ciertas torpezas. Sin embargo, en el ámbito que nos interesa -la psicoterapia de a tres-, definir de esta manera la función del intérprete plantea un problema.
Desde el punto de vista del paciente, su posición no puede ser asimilada a una función social precisa como la vida de todos los días se lo impone (empleado de una empresa, padre de alumno, beneficiario de la Seguridad Social, solicitante de asilo o del permiso de residencia, etc.). Frente a estas exigencias, un mediador puede, en efecto, permitir un diálogo más fácil. Más exactamente, nuestra función consiste en hacerle abandonar lo antes posible el papel “obligado” que se atribuye de manera imaginaria frente al médico. Su dificultad para orientarse la experimenta ante todo respecto a sí mismo y a su queja o su enfermedad. Y el sentido que podrá ayudarlo a vivir mejor sólo podrá ser una creación personal que incluirá tanto su relación a su cultura de origen (con los relevos que su historia personal y familiar le habrá dado) como su negociación del conflicto de aculturación (siempre se trata de un conflicto e incluso de una relación de fuerzas: la aculturación es siempre antagonista; cf. Michel de Certeau, 1985). Entonces es el paciente mismo quien, a medida que su discurso se va desarrollando, conseguirá situarse en función de estos datos “culturales” que su pasado le ha dejado en la memoria y que el presente le impone. Nadie puede hacerlo en su lugar. Este movimiento pasa además -lo observamos en forma concentrada durante una psicoterapia- por vacilaciones, cambios de postura, impulsos contradictorios en los que alternan la fidelidad a la tradición y la fascinación por la cultura de acogida, que lo transforman en un proceso dinámico y evolutivo. El emigrante ya no “pertenece” a su cultura de origen. La actitud psicoterápica tiene ante todo que favorecer este proceso dinámico orientado hacia el futuro y saber oír y aceptar la variedad infinita de soluciones que la inventiva de cada uno podrá encontrar.
Desde este enfoque, ¿cuál puede ser el espacio dado a informaciones culturales en la psicoterapia, es decir durante las sesiones mismas? Fuera de las consultas es verdad que es fructuoso intercambiar nuestros puntos de vista y cotejar datos antropológicos respecto al caso concreto que hemos tratado. Sin embargo, a nuestro parecer esta manera de proceder es peligrosa durante las consultas (y es lo que al parecer se practica en algunos sitios). Al evocar delante del paciente “su cultura”, al ir más allá de sus propias palabras, el riesgo es que se radicalice una diferencia en movimiento, que se le haga volver y se le identifique a su origen, desconociendo dos cosas: 1) la interpretación personal que el paciente ha elaborado de su cultura (su implicación en su cultura antes de que emigrara), haciendo como si este sujeto preciso, turco por ejemplo, pudiera ser identificado a los turcos en general; 2) todo el trabajo de aculturación y de negociación que ya ha efectuado y que de nuevo lo aleja de los caracteres de su grupo de origen (caracteres que se han vuelto míticos además).
Desde el punto de vista del intérprete, las cosas no son más simples tampoco. Éste tendría que “conocer” la cultura del paciente. ¿Pero qué tipo de conocimiento empleará durante las consultas? ¿El producto de una vuelta a los conocimientos universitarios (antropológicos, sociológicos, etnológicos...) o lo que su experiencia y su pasado le han permitido comprender de su propia cultura? ¿Qué conocimiento tiene uno de su propia cultura? ¿Cómo disociar este “conocimiento”, supuestamente general, de la relación singular que cada uno mantiene con su cultura, y en caso de emigración, de exilio o simplemente de una larga estancia universitaria en el extranjero, de todas las transformaciones e reinterpretaciones que se producen? Veremos más adelante que el intérprete no es para nada un simple traductor. Es aún más improbable que sea un puro “informador cultural”. En efecto, no es fácil hablar de su cultura, y estar asignado a esta tarea por su estatuto es insostenible. (De hecho lo notamos durante nuestras reuniones, cuando somos incapaces de contestar a preguntas acerca de la cultura en general: ¿cómo reaccionan o se comportan los franceses, los turcos o los argelinos en tal o tal situación? No sólo no tenemos ni idea de ello, pero además la pregunta deja al interlocutor en una posición de imposible desdoblamiento, a la vez actor y observador de sí mismo por cuenta de otro con el que no comparte el origen (origen en el sentido óptico aquí, el punto desde el que se observa). Desdoblamiento desubjetivante que tiende a desalojar de su posición singular y original el que es interrogado.)
Por otra parte, durante la psicoterapia, el intérprete es interpelado, se encuentra comprometido, lo quiera o no, a ocupar un puesto preciso en la transferencia del paciente y no puede escapar, que esté consciente de ello o no, a las reacciones contra-transferenciales que van a relativizar la neutralidad u objetividad de la que podría prevalerse. (Karim KHELIL evocará las dificultades de la posición subjetiva del intérprete en una próxima conferencia.)
Por último, desde el punto de vista del terapeuta occidental, si es posible el conocimiento de algunos datos culturales y su utilización (cf. las representaciones y etiologías tradicionales, etc.), a mi juicio hay que relativizar las eventuales “torpezas” que es susceptible de cometer con sus preguntas demasiado directas o inhabituales para el paciente. ¿Por qué? Sencillamente porque el paciente sabe con quien está hablando y está plenamente consciente de la diferencia y de la distancia cultural. No le sorprenderán, por parte de un occidental, preguntas o actitudes que podrían chocarle si un terapeuta de su misma cultura se las hiciera (las declaraciones de M. Chabane (1989) deberían ser relativizadas en este sentido: las precauciones que preconiza quizás estén en parte relacionadas a su propia posición “endocultural”). La supresión de las convenciones tradicionales es justamente uno de los factores que incitan algunos pacientes a preferir dirigirse al médico occidental. Veremos ejemplos de ello más adelante. A la inversa, si el paciente no sabe distinguir entre los interlocutores y espera del médico occidental un comportamiento conforme a su tradición, tenemos ahí el indicio de graves trastornos de la personalidad y/o de la aculturación. De hecho se hace difícil imaginar que podamos aprender y ejecutar los códigos propios a cada cultura, por ejemplo tan complejos como las formas de saludarse de los asiáticos. En el mejor de los casos, nos considerarían como payasos inofensivos. (NB: el hecho de no poner la mano en el corazón, como el paciente magrebí que así nos saluda, no supone ningún problema para el terapeuta occidental, pero ¿qué ocurre con el intérprete confrontado con este saludo?) Otro ejemplo: el tabú del quedarse a solas que existe en algunas culturas (con los riesgos sexuales y de brujería que comporta) no tiene razones para aplicarse a un terapeuta occidental.
Estas primeras observaciones indican los obstáculos de la situación de a tres y de la función del intérprete:
las modalidades, las dificultades y los efectos de la traducción
los caracteres de la transferencia en la situación de a tres
la posición subjetiva del intérprete y las consecuencias de su imposible neutralidad
III/ EL INTÉRPRETE TRADUCTOR: LOS EFECTOS DE LA LENGUA
1) ¿Qué práctica de la “interpretación”?
Hay que empezar describiendo lo que ocurre exactamente. Cada intérprete tiene su propio estilo en cuanto al trabajo de traducción, sea por gusto, sea por su formación profesional.
Algunos intérpretes -cuyo ejemplo típico en Estrasburgo es el intérprete del parlamento europeo- practican una especie de traducción simultánea. Traducen el discurso del paciente de inmediato, a menudo en primera persona, y mientras que el paciente sigue hablando. Esto induce varias cosas. Primero quizás una ilusión: la ilusión de que lo que el paciente dice no comporta ambigüedades y puede traducirse fácilmente. El intérprete puede también, por costumbre, acabar eliminando automáticamente algunas dificultades. Pero también puede traducir voluntariamente palabra por palabra algunas expresiones o metáforas, lo cual puede llegar a ser muy fecundo por las asociaciones que suscitan en el terapeuta. Sin embargo, la originalidad o la incongruencia aparente de las metáforas constituye una nueva dificultad: ¿se trata de un efecto de extrañeza “exótica” o de una expresión creada por el paciente? ¿Cómo apreciar el grado de apropiación personal del enunciado? ¿Es una invención poética o una repetición del discurso tradicional corriente? La traducción simultánea aporta tanta precisión que, cuando el intérprete está atento, pueden destacarse “en directo” los lapsus, las interrupciones en el discurso, las respuestas sin relación con la pregunta o las asociaciones raras, lo cual permite a veces restituirle en seguida al paciente estos tropiezos del discurso. Pero aún así, según mi experiencia, tengo la sensación de que la intervención del terapeuta, incluso si es rápida, tiene sólo pocos efectos, ya que la traducción atenúa el efecto de sorpresa buscado o permite sin mucho esfuerzo encerrarse en la denegación. Así, algunos pacientes contestan tranquilamente “yo no he dicho eso”, atribuyendo de manera explícita el lapsus al intérprete. No obstante, vemos cómo la “escucha”, en su sentido analítico, se sitúa otro tanto del lado del intérprete...
Además, una traducción demasiado fácil, demasiado fluida presenta un inconveniente. Puede incitar al paciente a instalarse cómodamente en un uso “conformista” o tradicional de su idioma, evitándole la sorpresa y la benéfica vuelta a sí mismo que procura el esfuerzo de la traducción. Es una forma de resistencia muy utilizada: algunos pacientes, aunque hablen un poco el francés, eligen dirigirse sistemáticamente al intérprete, como si este rodeo asegurara una protección, un compromiso menor en la palabra. El hecho de romper a hablar confronta forzosamente a la incertidumbre fundamental del lenguaje, esta frustración que nace del descubrimiento que uno no dice nunca exactamente lo que quiere decir. En la situación de a tres, esta confusión y esta “carencia que hay que significar exactamente” está transpuesta a la operación misma de traducción, cuando, en realidad, el objeto del debate es primero la enunciación misma. Al contrario, otros pacientes, aunque no hablen bien el francés, en seguida tratan de contestar en francés y sólo se vuelven hacia el intérprete cuando les falta vocabulario. Estas formas de hacer uso de la palabra corresponden a posiciones subjetivas muy diferentes respecto a la lengua y más allá, como lo vemos, respecto a la palabra. Quizás podamos deducir bastante rápidamente de ello un pronóstico, en términos de aptitudes más o menos sueltas hacia la psicoterapia.
Otros intérpretes prefieren (o no pueden hacer de otra forma) dejar que se digan varias frases, todo un fragmento de discurso, y sólo entonces ponerse a traducir. De este modo se trata más de resúmenes en los que todo un proceso de interpretación y de transformación ha tenido lugar. Ahí es cuando la implicación personal del intérprete es más manifiesta a través de olvidos, añadiduras, modificaciones, etc. Aunque sea menos explícita, ésta tampoco desaparece en la traducción simultánea. En estos casos nos alejamos de toda la riqueza de evocación que la literalidad de la declaración lleva consigo y las intervenciones están condenadas a referirse sólo al sentido y ya no a los obstáculos del discurso.
Se lleva un estilo muy diferente de entrevista cuando el intérprete es asimismo psiquiatra, psicoterapeuta o ha sido formado a las entrevistas con fin psicoterápico. El intérprete se vuelve también en un interventor de pleno derecho. El paciente se dirige entonces explícitamente a dos interlocutores. Estas entrevistas son sin duda las más fructuosas, pero presentan dificultades particulares. Durante la entrevista, cada uno de los terapeutas dialoga por turno con el paciente. El terapeuta-intérprete expone lo que se ha dicho en la lengua del paciente, a intervalos más o menos largos, sin interrumpir demasiado al paciente. Resume rápidamente sus propias intervenciones y las respuestas del paciente. No hay reglas establecidas para la toma de palabra, es decir que ante el silencio del paciente, uno u otro de los terapeutas se dirige a él. Evidentemente la ventaja es que el paciente se dirige directamente a un interlocutor del que sabe que lo escucha por sí mismo y no sólo para traducir sus palabras. El refugio en la confusión de la traducción ya no es posible. Una de las dificultades es conseguir reanudar con el diálogo anterior, servirse de lo que acaba de decirse para reanimar el discurso, si no, se corre el riesgo de establecer dos entrevistas paralelas y sin conexiones, cada uno de los terapeutas retomando cada vez el hilo de sus propias preguntas y asociaciones. No siempre superamos este escollo que a mi parecer va desapareciendo con la práctica. Por mi parte, la flexibilidad es la primera exigencia, con la atención a las palabras precisas del paciente. Así, fragmentos enteros de entrevistas tienen lugar en un solo idioma, y luego en otra.
Por consiguiente, la posibilidad para cada uno de intervenir se hace a expensas de una traducción precisa. Pero esto permite evitar lo que podría llamarse la “obsesivización” de la traducción.
Un ejemplo. Un paciente turco vino a vernos para una serie de síntomas ansiosos cuyas manifestaciones somáticas estaban descritas largamente y en detalle. Desde el principio de las entrevistas, a pesar de que el paciente supiera que el intérprete era también psiquiatra, lo asignó, sin que nos diéramos cuenta, a la función de intérprete. Desarrolló tranquilamente un discurso muy construido, muy poco espontáneo y sin espacio para la menor interrupción. Se dedicó a describir lo más sutilmente y exactamente posible lo que sentía, estimando, nos decía, que era lo que le pedíamos. Hablaba como un libro. Cuando el intérprete lo interrumpía para traducir, le decía “a ti”, y se levantaba para desentumecerse las piernas. Una vez acabada la traducción, retomaba con el mismo tono de descripción científica. Un día, llegó explicándonos que iba a decirnos unas cosas importantes que se le había olvidado mencionar hasta ahora. Y añadió dirigiéndose a mí: “el médico tiene que apuntar bien todo lo que digo, porque después puede que se me olvide”. En aquel momento nos dimos cuenta hasta qué punto nos habíamos dejado llevar dentro de una obsesivización del discurso que la toma de notas y la traducción sistemática consentían.
Otro ejemplo del uso de la situación de a tres como resistencia. Se nos mandó una paciente turca para una consulta. Estaba hospitalizada en un departamento de medicina para dolores vagos cuyo balance no indicaba ninguna causa orgánica. Me entrevisté primero a solas con ella. Manifestaba cierta voluntad de cooperar, pero hablaba muy mal el francés. Cuando llegó el intérprete, cambió de expresión y declaró inmediatamente que ya no quería seguir esta entrevista y que deseaba irse. No la volvimos a ver más. Por lo visto, esta mujer habría preferido una consulta en la que no hubiera podido decir nada y en la que yo no hubiera entendido nada. Las elaboraciones imaginarias que suscitaron este pavor quedan desconocidas para nosotros. Pero fue indudablemente el hecho de ser confrontada a su lengua lo que la hizo huir, como si este encuentro fuera en seguida asociado a una revelación intolerable. El dominio insuficiente de un idioma permite preservar y confirmar los síntomas.
2) Dificultades de la traducción misma
Las dificultades de la traducción, si nos referimos a la técnica escrita, pertenecen a registros diversos: el léxico, la sintáctica, la morfología, la entonación, a los que se puede añadir la marca del registro de lengua (familiar, protocolar, obsequioso, amanerado...) y, de manera primordial para nosotros, lo que sería la traducción de todos los tropiezos del discurso: lapsus, frases vagas, interrupciones, dobles sentidos, usos impropios o desfasados, vacilaciones, etc.
Todos estos niveles de dificultad corresponden tanto a caracteres propios al idioma traducido como al que se traduce. ¿Qué implica esta pérdida o este límite que la traducción impone? Por ejemplo, la pérdida de las sutilezas que permiten reconocer en las fórmulas de cortesía japonesas el rango exacto y el sexo de la persona a la que uno se dirige (cf. Hagège, 1987).
El francés contemporáneo es, a mi parecer, asexuado. Es decir que hombres y mujeres lo hablan grosso modo de la misma manera, con la tonalidad como única diferencia que permite reconocerlos. Se trata más bien de una excepción a escala mundial. La diferencia de los sexos se inscribe al centro del lenguaje, hasta el punto que es posible identificar el sexo del que habla por su manera de hablar, sin verlo. Hemos llegado a esta observación al evocar los chistes que se oyen en Argelia a propósito de hombres de cierta región (os toca adivinar cuál es) de los que se dice que “hablan como mujeres”. Algunos extreman esta particularidad hasta encontrarlos un poco afeminados. Además, parece ser que, antaño, una isla del Caribe sufrió una conquista tan total que los invasores diezmaron a todos los machos nativos de la isla, y sólo guardaron a las mujeres. Estos invasores hablaban otro idioma. Y al parecer las mujeres entre ellas se transmitieron su lengua de origen de generación en generación, pero sólo en el linaje femenino. De modo que hoy las mujeres hablan un idioma completamente diferente del de los hombres y que éstos no lo entienden. ¿Acaso se trata de una explicación histórica válida o del simple efecto de una vida social fundada en la separación de los sexos? Pueden citarse otros ejemplos para apoyar este fenómeno. Así, en el Magreb el acceso al árabe clásico está reservado a los hombres (sólo con la lectura del Corán), mientras que muchas mujeres sólo hablan el árabe dialectal. En Yibuti, parece ser que una diferenciación importante se haya establecido en las familias entre la lengua de los padres, de las madres y de los hijos. Por una parte, los padres entienden el francés (a causa de la colonización), y por otra parte, los numerosos matrimonios interétnicos unen a veces a un hombre y una mujer con dialectos diferentes. De modo que los hijos no hablan el mismo idioma con su padre y con su madre (Couchard, 1987). De hecho, lo mismo pasa con las familias inmigrantes, entre padres e hijos. Sea lo que sea, el idioma, en sus maneras, es portador de divisiones sociales y sexuales. ¿Cómo puede traducirse eso en francés?
3) Implicación de las lenguas y del acto de traducción
Podríamos definir el objetivo que perseguimos en esta situación de a tres de forma más poética: “devolver el amor a la lengua”. Además esto vale tanto para las psicoterapias de occidentales como para las de inmigrantes monolingües, bilingües o multilingües... Quizás hasta se trate del único motor terapéutico posible en psicoterapia, en la que la interpretación analítica en sentido estricto sólo tiene la oportunidad de surgir de manera muy excepcional. Entonces se trataría de volver a encontrar la función regocijante del relato y de sus modulaciones, el placer de contar historias, poco importa cuáles. Sea ésta, por ejemplo, una novela familiar y una mitología personal o una mitología más colectiva que abarque eventuales representaciones tradicionales, el objetivo es despertar cierto juego sobre el sentido, la polisemia de las palabras y de las representaciones. Así se pierde el carácter anecdótico del “juego de palabras”, si se acepta que el amor a la lengua no es más que otra formulación del amor a sí mismo. La reconciliación con uno mismo, a la que aspira la psicoterapia, tiene que pasar por ahí en todo caso. Pero se concibe fácilmente que para los pacientes extranjeros, esta relación con la lengua puede volverse dolorosa y cristalizar los conflictos.
Los efectos de la implicación de la lengua en psicoterapia
Caso clínico 1: El señor B. Sujeto turco, 40 años. De baja por mucho tiempo, le pidió a su médico internista que lo mandara a un médico turco del que había oído hablar en los Hospicios Civiles. Entonces vino explícitamente aquí para “hablar turco”. Por lo visto, este encuentro estaba sobreinvestido, portador de una esperanza un poco milagrosa. Sucedió a una larga serie de fracasos terapéuticos, tanto con psiquiatras privados como durante estancias hospitalarias.
Al principio vacilamos un poco. ¿Acaso teníamos que imponerle a este paciente entrevistas bilingües si venía para hablar turco? Esta vacilación podía interpretarse como nuestra propia participación al fantasma del paciente: los efectos mágicos del reencuentro con lo mismo, lo similar o el origen compartido. No obstante, decidimos dejar el marco bilingüe. Así veríamos que gracias a este marco aparecería claramente lo que estaba en juego.
Con todo, el señor B. dominaba un poco el francés y conseguía expresarse con más soltura de lo que esperábamos. Además, entendía la mayoría de las preguntas y de las intervenciones en francés y contestaba a menudo directamente (en francés o en turco), sin esperar el paso por la traducción.
Como podíamos imaginarlo, rápidamente el señor B. acabó sintiéndose frustrado, a la medida de sus esperanzas fantasmales. Su estado clínico no mejoraba. El discurso no se desplegaba, ni en turco ni en francés. El relato de su enfermedad y de sus quejas nos lo había hecho sólo una vez, al principio, y por lo visto constituía la repetición exacta de lo que ya había dicho a otros médicos. Este relato excluía activamente partes enteras de la vida y de la historia del paciente. Éste se negaba con rabia a contestar a las preguntas relativas a su pasado o a las relaciones en la familia, las cuales le parecían fuera de lugar.
La enfermedad estaba claramente circunscrita: tenía un comienzo preciso y una expresión precisa (insomnios, dolores y fatiga). Todo el resto era accesorio y sin interés. “¡Ocupaos antes de mi enfermedad que de mis hijos o de mi pasado!”, nos dijo el hombre.
De hecho, ni siquiera necesitaba hablar por lo visible que era la enfermedad. Parecía decirnos: “¿Sois ciegos?”. Actitud de repliegue sobre sí mismo, respiración jadeante, deglución ruidosa y penosa, sudores y ceño fruncido en una expresión innegable de sufrimiento. El cuerpo tiene como función mostrar la enfermedad, como si el registro de lo visual, de la exhibición pudiera agotar su significación para el otro, para el médico.
No era una casualidad si el señor B. mantenía constantemente los ojos bajados desde el principio de su enfermedad. “Ya no puedo mirar a nadie en los ojos”, nos dijo. Y durante este año y medio de atención médica, nada le hizo levantar la cabeza. Hablamos de “atención médica” porque quizás aún no se trataba de psicoterapia. La irritación del señor B. respecto a nuestras preguntas era contagiosa. Pasamos a la acción invocando diversos procesos psico-pato-psiquiátricos, hospitalizamos al paciente, soñando con los efectos de un tratamiento medicamentoso mejor llevado, con buenas dosis. Un mes de hospitalización y de tratamiento antidepresivo y neuroléptico no trajo ninguna mejora. El señor B. era igualmente reacio a la hipnosis.
Durante un tiempo, el psiquiatra turco se ocupó del señor B. a solas. Las razones de nuestra nueva acción sólo las conocíamos parcialmente en aquel momento. Las entrevistas iban mal. El Dr. K. sentía los efectos de una “transferencia negativa”, el resentimiento del paciente, quien se daba cuenta de que estábamos fracasando como los demás antes de nosotros.
Retomamos las entrevistas bilingües, tras una interrupción por las vacaciones.
Durante una de estas entrevistas, tuvimos una gran sorpresa. Después de una intervención, el señor B. empezó a hablar mucho y evocó por vez primera -de lejos- algo relacionado con el amor. La cuestión se refería a eventuales tratamientos tradicionales, el encuentro con hocas (curanderos tradicionales). En el pasado, el señor B. nos había mandado a paseo: “¡Yo no creo en todas estas cosas!”. Entonces se desarrolló un guión inédito en el que aparecía una vecina enamorada y celosa, la cual habría podido tener un papel después del matrimonio del señor B. Esta entrevista, este intercambio denso y abundante en el que el señor B. contestaba inmediatamente a las preguntas, tuvo lugar en francés. En la siguiente consulta el hombre estaba más relajado y retomó el hilo de su relato. En realidad era para señalar que los hocas de Turquía no pensaban que hubiera sido la víctima de esta mujer. Sin embargo, le habían dado muskas terapéuticos. Nos dijo que había dormido un poco mejor y nos pidió que espaciáramos las entrevistas, de modo que lo volvimos a ver sólo quince días después.
Volvió el silencio o más bien la invasión a través de la exhibición de su sufrimiento. Nos sentíamos decepcionados e irritados, ninguna pregunta conseguía reanimar el discurso, todo era inútil.
El Dr. K. se dirigió entonces al paciente en francés (por cierto, ¿por qué?). Era necesario que se volviera a definir el marco de estas entrevistas y que nos dijera lo que esperaba de nosotros. Nosotros no podíamos ayudarlo si no él hablaba. “¡Lo he dicho y lo he explicado todo!”. Muy freudianos, le repetimos que tenía que decirnos todo lo que le venía a la mente, que uno nunca tenía la cabeza vacía. En aquel momento, la cólera del paciente estalló, éste se levantó y vociferó: “¡Yo ya estoy harto doctor!”. Y añadió en turco: “¡No soporto que usted hable en francés, he venido aquí para hablar en turco!”.
¿Cómo interpretar estos diferentes movimientos en la psicoterapia?
¿Qué es lo que el señor B. esperaba de nosotros? Nada más que un efecto espejo, que nuestra mirada reflejara y confirmara el sufrimiento que nos dio a ver. La reivindicación de la vuelta a la lengua materna corresponde aquí a una descarga del campo de la palabra en beneficio del campo escópico. En sentido único además, ya que los ojos bajados prohíben todo efecto proveniente de la actitud o de la mímica del terapeuta. El aislamiento, el encierro narcisista es completo y defendido con aspereza.
Este caso muestra toda la ambigüedad de la implicación de la lengua materna. El paciente viene para hablar en turco, pero consigue salir del discurso quejumbroso estereotipado con el francés. Sobre todo no soporta que su “hermano” de lengua (veremos a continuación lo mucho que esta imagen es operante aquí) cambie de lengua para dirigirse a él. Como si verdaderamente se le forzara a arrancarlo a su fantasma de comunión de lengua o a su apego a la lengua materna. Fantasma, porque su deseo parece ser el de hablar en francés... Entonces tenemos un doble movimiento contradictorio: el refugiado obstinado en su lengua materna y el deseo de salir no de la lengua, sino de lo que representa para él y que proyecta en el intérprete.
La situación de a tres permite desdoblar estos dos movimientos a través del juego transferencial que se instaura, y vemos que se trata a la vez de reconciliarse con su propia lengua, pero también de arrancarse de ella como lengua de la madre, la de los primeros lazos alienantes.
Caso clínico 2: El señor S. Se trata de un paciente argelino que vive en Estrasburgo con su familia y sus hijos. Nos fue mandado por lo que un médico cualificaba de hipocondría delirante. Su recorrido médico era ya largo y grave. Resumamos la situación: El señor S. había sido operado en neurocirugía a causa de dolores lumbares-ciáticos. Su estado no había mejorado desde aquella intervención, al contrario. Y desde entonces iba de médicos en médicos, en busca de un tratamiento que por fin lo aliviara. Ninguna reivindicación financiera, pero sí una petición reiterada y exigente de exámenes complementarios (radiografías y más). Además de los dolores, que le daban un modo de andar de paralítico cerca de la astasia-abasia, sufría una gran angustia. La evolución del discurso fue rápida y espectacular. Primero, sólo estaba centrado en sus quejas somáticas, adoptaba un lenguaje técnico y médico adquirido durante sus numerosas consultas y hospitalizaciones (“radiografías”, “escáner”, “vértebras”, “discos”, “hernias”, etc.). No obstante, desde las primeras entrevistas evocamos con el paciente otros aspectos que ampliaban a la vez el tipo de trastornos expuestos y las hipótesis etiológicas que formulaba. De entrada nos había hecho un favor al aludir a viejos conflictos con sus hermanos. Entonces nos contó un episodio anterior a la intervención quirúrgica: al salir de su casa, se había caído en las escaleras, lo cual le había hecho “perder la cabeza” en los días siguientes. Hasta el punto que, en aquella época, al sentirse muy angustiado pensaba en un origen mágico. Al año siguiente le sucedió un acontecimiento extraordinario que lo dejó muy perplejo. Cuando estaba en cura termal en Argelia, fue preso de violentos dolores genitales. Entonces se dio cuenta de que sus testículos se habían hendido y que de ellos salía un líquido amarillo y ardiente. En seguida se sintió aliviado, no sólo de sus dolores genitales sino también de las lumbalgias que sufría desde hacía meses. Reconoció que en aquel momento había tenido dudas en cuanto al origen de sus dolores lumbares: ¿intervención quirúrgica o abstinencia sexual? En efecto, su actividad sexual había disminuido desde hacía unos años.
Cada vez que evocaba un elemento de este tipo, en seguida lo contrarrestaban nuevas reivindicaciones de exámenes complementarios y de radiografías. Dos discursos paralelos y rigurosamente compartimentados se establecieron. La alusión a las explicaciones tradicionales por parte nuestra tuvo un efecto inmediato, mezcla de sorpresa, desconfianza, irritación, incredulidad, pero también mucha curiosidad. Las marcas que parecían mejor establecidas estaban revueltas y el corte imaginario entre la medicina y el mundo de los tolbas había sido trastornado (parece ser que sólo la evocación del mundo mágico pueda permitir en este caso ver desplegarse el discurso personal, el pasado, la familia...).
El relato de otra sesión, un poco tardía, nos permitió acercarnos a uno de los mecanismos que autorizan la apertura del discurso. Más tranquilo y realmente interesado por la vía sin balizas que le proponíamos, en ruptura con el discurso médico que quería oír, el paciente se mostró muy atento al trabajo de traducción y a los efectos del paso de un idioma a otro. Así, durante la secuencia en la que oponía las causas orgánicas y psíquicas, empleó el término árabe nafsia. Al oír el intérprete traducir sus palabras utilizando el término “psychique” [“psíquico”], preguntó: “¿Qué es nafsia en francés?” (La palabra traducida por “psíquico” era en este caso nafsia). El paciente entendió la alusión sexual del término, lo cual lo incitó a hacer otra pregunta de traducción y descubrió que “reuma” se traducía por brouda, término en árabe que designa más bien el frío y hacía explícitamente referencia al enfriamiento de la actividad sexual. Vemos entonces cómo se establecen nuevos lazos, puentes lingüísticos, nuevos sentidos creados por la actividad de traducción, y más aún cuando el sujeto es bilingüe y se implica en este juego lingüístico. A través de estas palabras son universos semánticos previamente desunidos los que se encuentran comunicados y se abren a nuevas posibilidades. Había, por una parte, el universo médico y tecnológico que estribaba en un vocabulario francés cuyos términos sólo eran portadores de un poder de evocación reducido, y hasta eran monosémicos; y por otra parte, el universo más personal, más psicológico podríamos decir, que se fundamentaba en significantes árabes mucho más evocadores, llenos de sentidos y de alusiones a la vida sexual por ejemplo.
Entonces el efecto psicoterapéutico proviene aquí de la implicación de la lengua como lengua que es posible traducir, es decir por la aparición del deseo de traducir y el placer que resulta de ello. Este placer resulta de una liberación que también es un luto: el abandono de la creencia en el significado unívoco de las palabras. La presión de las palabras técnicas de la lengua médica se afloja y quizás sea por eso que las actitudes reivindicadoras agresivas se esfuman tan fácilmente en la situación de psicoterapia bilingüe.
Por último, cabe notar que el registro del francés técnico se emplea en beneficio de la neurosis, como resistencia, del mismo modo que el recurso a explicaciones médicas. De hecho, este paciente desconfiaba de los tolbas e incluso de los médicos de su país que arriesgaban con hacerle preguntas más personales (en el momento del “episodio testicular”, éste no había tenido consulta en Argelia, sino que para ello había esperado su vuelta a Francia, para poder tronar contra el médico que incriminaba una infección venérea...).
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